lunes, 26 de enero de 2009

la carbonera



No sé cómo empezar a explicar lo que he llegado a percibir en algunos individuos. A ver si no me lío. En algunos, cuando parecen ser muy generosos al principio acabas descubriendo
a medida que pasa el tiempo los rastreros, mezquinos y sobre todo rácanos que pueden llegar a ser. Es como si creyesen que, en la primera cita y en la que se esmeran a fondo y en
la cual no les importa tirar la casa por la ventana, llevándote al mejor restaurante, al mejor hotel (como si tú se lo hubieras pedido, sabes?), pudieran encontrar a cambio no sólo el más exquisito de los placeres sino que también, a mí me da,
a tenor de tanto encantamiento y tanta presunta magia para impresionarme, algún portentoso juramento de amor eterno.
Y como eso mismo no ocurre, las posteriores citas,
de haberlas, van cayendo en una especie de degradación hasta el día en que el individuo con el que llevas más mal que bien una incipiante relación y puede que la culpa no sea tuya, te pide con un gran gesto de desolación que pagues la cena porque se ha dejado la cartera en casa o que pagues tu parte (¿¿¿???) (si yo creía que me habías invitado!) y todo eso en el peor de los decorados, una apestosa taberna en un barrio de mala muerte que es al final adonde hemos ido a parar.
Y yo preferiría que para “impresionarme”, mi acompañante de turno me llevara en una primera cita a esa apestosa taberna a beber cerveza que es lo que le corresponde (ya que no nos conocemos) y luego, si todo va bien, y de común acuerdo, descubriésemos lugares más románticos, más acordes con nuestros sentimientos, de existir claro. Y lo agradecería porque para mí lo importante no es el cómo sino el con quién. Y parece que es al revés para los demás.
Eso ya lo expliqué en otra entrada, el encantamiento que el individuo se va creando siguiendo sus fantasías y a costa mía o de quien lo acompañe y yo pienso a veces que me ha colgado el papel de Cenicienta en el baile del príncipe y como los cuentos son en realidad historias míticas que nos pertenecen a todos, del fantástico baile del príncipe pasamos a la carbonera en cuestión de días. Asombroso.
Son puras fantasmadas, ya lo sé y en parte no hacen daño a nadie. Sólo que yo me creo, verdad?, que estoy con un tipo estupendo, atento, “ideal” y descubro que el príncipe es una rana en todos los aspectos, que es un pobre de espíritu y que me ha vendido la película. Si me hubiera dicho desde el principio, mira nena, no sé si te voy a gustar pero aquí estoy yo con lo poco que te pueda ofrecer y ahora te ofrezco que pases la tarde conmigo tomando cervezas o lo que te apetezca por ahí, estaría agradecida a tanta sinceridad. Pero el vicio que tenemos todos de imaginar situaciones mágicas en lugares mágicos con compañeras mágicas cuando las compañeras son gente normal, los lugares deberían ser normales y las situaciones auténticas parece salido de algún manual de seducción rápida propio de adolescentes o personas adictas a las novelas rosa o lo que es peor propio de personas que no han tenido una gran vida social o sólo la han tenido en sueños. Ya sé que es muy educado y galante hacer honor a tus invitados, que las reglas de la educación y de la hospitalidad nos empujan a dar lo mejor siempre, podamos o no, pero en ese tipo de situaciones y porque bien sabemos lo que conllevan y para espíritus sensibles como yo que ven llegar el desastre desde lejos, creo que un alto grado de sinceridad y de autenticidad estaría más a tono. No sé, no me van las grandes actuaciones. De pequeña y en carnavales yo solía disfrazarme de sirvienta decimonónica, para pasar desapercibida, que el protagonismo lo tenían amigas mías disfrazadas de Maria Antonieta o de marquesa de Pompadour.
Claro que me gusta una mesa elegante en un restaurante elegante con mi mejor traje y par de zapatos y recién salida de la peluquería, llevada de la mano por un atento caballero y comer sin prisas manjares o en todo caso platos bien preparados y sabrosos en medio de una conversación de éstas, dada la situación, en que dices cosas y no dices nada y todo con sonrisitas y una sensiblería en todos tus gestos … que estoy ya a los postres con un ataque de nervios no muy propio de señoras y que no me jodan mucho porque en el fondo a mi lo que me va es estar a gusto, que mi madre me educó muy bien y que no se me va la olla aunque me funda dos botellas de vino, que no suelo coquetear con el camarero y demás. Jajaja, en serio, me pone de los nervios! Lo comprendería en una cena de negocios, de etiqueta, etc. pero en una de esas citas en las que apuestas a priori por entablar una cierta intimidad, no puedo y lo he intentado, palabra, pero me veo a mí misma como una mosca cazada de alguna manera en una red lujosa y vacía de significado. Puede ser un complejo ¡qué duda cabe! un complejo de señorita de compañía o simplemente, lo vuelvo a repetir, que agradecería una cierta autenticidad. Sí, lo agradecería de veras por aquello de que debería ser más importante el con quién que el cómo. Ya sé que hay personas que no piensan como yo. Y a mí me gusta preguntar e interesarme sinceramente por la gente no por las cosas que parecen tener, los vinos que suelen beber, las colonias que se suelen poner, que son cosas que pertenecen a las fantasías del espíritu sino que me interesa la verdadera personalidad aunque en el fondo pienso que estoy las más de las veces ante grandes tímidos incurables a los que una “situación mágica” les arranca entre otras cosas de la mediocridad de sus vidas. Pero yo no tengo la culpa de tener superado todo eso. Será por ello por lo que huyo de los encantamientos o será tal vez porque no quisiera encontrarme a medianoche como Cenicienta de regreso a la carbonera.


Tuliette

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